En la cola, delante mío, dos chicas cuerean a mansalva a un pobre pibe que salió anoche con alguna de ellas. Se pasan el Blackberry la una a la otra mostrándose las fotos del pibe en Facebook, en Perú Beach con el torso desnudo, abrazado a su hermana o a una prima en una quinta y con su perro en el living de la casa. Se cagan de risa, estoicas. Me figuro la misma situación pero conmigo, las fotos mías de alguna vacación, de las cenas de la productora y a Carolina, ponele, la publicista con la que salí algunas veces en diciembre, mostrándole a una amiga en plena cola para abordar un vuelo esas fotos en las que salgo mal y en las que me etiquetaron de prepo. Samantha hizo lo que pudo. Me consiguió este vuelo desde aeroparque de apuro, en Gol, para que pudiera llegar a Rio lo suficientemente temprano como para agarrar en Angra el último barco que sale para Ilha Grande. De ahí, según me dijo, me tengo que tomar una lancha hasta Palma, la playa donde tiene la posada Massey. Me va a salir diez o quince reales supone. Las chicas de adelante pasan el control rápido con sus pasaportes recontra sellados por todas partes, al borde de la renovación pero por falta de hojas para el visado. Yo voy sólo con la cédula, lo único que tenia a mano en la billetera cuando salí de casa convencido que iba almorzar en una cantina de la Boca, volver a la productora temprano y cinco, cinco y media máximo, estar de vuelta en casa. La chica de la ventanilla de migraciones no mira demasiado, constata que mi cara sea la misma que la impresa en el plástico y me libera, dándome paso al largo pasillo que desemboca en el free-shop. A lo lejos veo a las dos chicas probándose un perfume que les echa encima una promotora alta de pelo corto, elegantemente disfrazada. Disfrazada, digo, porque se sabe que ella así no se viste todos los días, que imposta para la tribuna esa caminata regia de tacos altos y esa postura erguida en trajecito. En plena caminata otra elegante impostora me acerca delicada pero intempestivamente una papelito blanco a la nariz. Me frena un aroma cítrico, levemente dulzón hacia el final. Llamativo. No cambio de perfume desde que tengo quince años. Uso el mismo que usaba mi viejo, desde siempre. Pero la sonrisa perlada, el rubio ceniza perfectamente lacio y la discreta mirada de la vendedora me frenan por completo. Ella me mira de arriba abajo como scaneándome. Voy con un ambo de verano azul, una camisa sport rayada sin corbata y un maletín colgado. No doy turista, ni viajero ocasional. Doy, a lo sumo, empleado de una multi, de los que viajan mucho. Se me nota el apuro, pero ese mismo apuro denota un status solvente, el de alguien que no tiene tiempo, pero al menos tiene guita para un perfume importado o dos. Me la quedé mirando sonriente, desorientado. Cuando era más chico actuaba mucho más la pose de la solvencia económica, sobreactuaba los gestos heredados de mis compañeros de colegio, las correcciones que me hacia mi madre cuando salíamos a cenar al club francés. Me la creía. Por un momento, cuando una mina con este nivel de impostura se me acercaba a venderme algo, elegía ingenuamente, como salvavidas emocional, creerme que yo le gustaba, que por eso me sonreía con toda la cara, que por eso me tiraba el perfume en el cogote y acercaba la nariz para olerme. De más grande entendí que la red de la impostura era un poquito más compleja y que a las chicas del free-shop que les tocaba vender perfume de hombre también les tocaba vender la ilusión que con ese perfume, con ese olor importado encima, podías tener la chance de cogerte a una mina así. “¿Viste que rico?”. “Increíble, sí.” De repente, la herencia cultural de la colonia inglesa clásica de varón se iba al garete de la mano de una rubia que sugería que esa fragancia era una edición limitada y que convenía ya no llevar un solo frasco, sino dos del mismo, aprovechando la promoción del segundo ítem a mitad de precio. Pero no podía preguntarle el precio. No quería. Estiré el brazo izquierdo y deje a la vista el dorso de la muñeca. Ella, ávida de una posible comisión por venta, se ocupó de rociarla con un poco más de perfume y llevársela a la nariz. “En la piel siempre se siente un poco mejor, sabés.” Para cuando me lleve mi propia muñeca a la nariz, el olor importaba bastante poco. Fuera la mierda que fuera, que no lo era, quería cientos y cientos litros de eso. “¿Cómo se llama?”. “Champion”. Ok, no era el mejor nombre de todos, aunque ella se tomara el trabajo de pronunciarlo lo mejor que se pudiera. Hice algunas cuentas rápidas, pensé cuál de las tarjetas tenía más lejos del limite y le dije que sí, que llevaba los dos.
Después de Ilha grande y de convencer a Massey para que se suba al barco del reality show, podía volverme a Rio y visitarlo a Bruno unos días, instalarme en el estudio donde tiene la compu, pasar un días ahí en Santa Teresa con el celular apagado, dejar que me lleve a las fiestas de los atelliers de las artistas con las que labura en Laranjeiras y olvidarme por un minuto que no me gusta el verano. Pero tengo que llevarle algo, algo que cueste menos que esa cantidad de noches en un hotel de Ipanema y que dure más tiempo que una cena. Un regalo. Un whisky. “¿Tomás whisky vos?” Acababa de volver con los dos frascos de perfume, encerrados ambos en celofán transparente, listos para pasar por caja. “Sí, claro. ¿buscás alguno en especial?”. “Necesito regalar una botella. Uno bueno, rico”. Sabía perfectamente lo que quería: una botella de Macallan. Porque era del precio justo, porque era el que siempre nos regalábamos y porque a Bruno le encanta. Pero por ese rato quería pensar que era ella quién me lo estaba vendiendo, hacer de cuenta que no sabía que quería, indicarle ese y que me lo presente sin que yo lo conociera, como haciéndome descubrir algo. Seguirla por el pasillo de las bebidas no para mirarle el culo descaradamente sino para sentirme guiado hacia alguna parte y hacer de cuenta que miraba esa botella por primera vez, que no era todo lo mismo, que había sorpresas en algún lado.
